EL TRÁNSITO

(Un relato de amor, inspirado en hechos reales).

DÍA 1.

Ayer murió mi marido.

Su coche chocó contra otro, su cuerpo quedó esparcido en la autopista.

Acabo de llegar del funeral. Si no hubiera sido por los tranquilizantes que me dieron, no hubiese podido mantenerme en pie durante éste. Los tranquilizantes han creado en mí un estado de semi-inconsciencia, han tapado ante mis ojos el dolor, el inmenso dolor que, una vez pasado sus efectos, empiezo a sentir... Duele, duele y desgarra el intenso silencio de mi casa hoy.

Estoy sola, he pedido a todo el mundo que me dejen estar así, necesito llorar y que nadie me consuele, porque no existe consuelo; necesito sentir su olor, todavía presente en todo lo que conforma mi vida, y así, cerrar los ojos y verlo acercarse, como cada tarde, durante los últimos siete años de mi vida. 

Hoy es viernes, el miércoles me llamó desde su despacho y me propuso que fuéramos al cine. De regreso a casa, entre bostezos, fuimos haciendo planes para irnos de viaje estas navidades. “Te quiero tanto...”, me decía. 

Estoy vacía. Estoy rota. Me duelen los oídos de no escuchar su voz.

El cuerpo que hace apenas 2 días me abrazaba, ahora sólo es ceniza. ¿Dónde están los ojos que me miraban como si fuera la única mujer del mundo? ¿Dónde están sus labios? ¿Dónde están ahora sus manos de amante?

Estoy sola, no solamente sola, estoy sin él.

Conocerlo fue el milagro de mi vida. Perderlo ahora, de esta manera tan brutal es un sacrilegio. Odio la vida, por tener que vivirla. ¿Quién ha podido hacernos tanto daño?

He tenido que sentarme, porque el cansancio y el dolor no me mantienen en pie. Miro las paredes y los cuadros que uno a uno fuimos eligiendo y comprando para nuestros lugares. Decíamos que cada uno de ellos tenía su esencia/conciencia, estaban vivos. Sí, ellos siguen vivos y él no..., quiero que también mueran. Él era parte de ellos y ya no está...

Acabo de tirar un vaso de cristal contra el cuadro que tengo enfrente.

Me estoy volviendo loca. Las lágrimas no me calman. 

No sé cuanto tiempo podré aguantar en este estado. Tengo un bote de pastillas guardado en el bolso, creo que tarde o temprano acabarán todas en mi estómago... intento retrasar el momento hasta que ya no pueda más, intento poner mis ideas en claro antes de dejarlo todo. Pero mi mente cada vez es menos lúcida, está cegada con el dolor y la impotencia.

Todas sus cosas están por el medio, todo forma parte de él. Es imposible hacerme a la idea. No puedo creer lo que ha pasado.

Debería dormir un poco, tengo miedo de entrar en nuestro cuarto, tengo miedo de acostarme en nuestra cama. Tengo miedo de ver su libro sobre su mesita de noche. Tengo miedo de no poder dormir. Tengo miedo de quedarme dormida, porque no querré despertar. 

Está sonando el teléfono, lo escucho desde otra dimensión. No tengo fuerzas para levantarme. No tengo fuerzas para escuchar como alguien me da ánimos.

Siento frío, es un frío eterno, causado, sin duda, por la soledad. Si es triste la soledad cuando no se desea, inhumana es ésta cuando llega después de haber conocido la felicidad al lado de alguien.

Me miro las manos, me tiemblan, pero no me las siento, estoy llegando a la desesperación. Es absurdo, todos los días muere gente de diferentes edades y razas y nada cambia, todo sigue igual; la ausencia de alguien ahora entiendo que sólo se sufre cuando llegas a fundirte con ella hasta el punto de no saber dónde acaba uno y dónde empieza el otro. Así me siento, casi un cadáver fuera de lugar, muerta en el mundo de los vivos y viva en el de los muertos.

Hay un punto en la pared en donde tengo la mirada perdida desde hace ya no sé cuanto tiempo (pobre inconsciente). En él se suceden, como si de una pantalla de cine se tratara, momentos que compartimos juntos, momentos nuestros, que si un día fueron mágicos y denominados por ambos “inolvidables”, ahora me golpean fuerte el corazón. Recuerdos que intensifican mi dolor, ya seco, porque las lágrimas que han ido quemando lentamente mis mejillas desde ayer, van desapareciendo, lo cual me aterra, ¿qué hago sin poder refugiarme en mis lágrimas?

Decididamente, me estoy volviendo loca, lo reitero. 


DÍA 2.

Ayer debió vencerme el cansancio. He despertado en el mismo sofá en el que recuerdo haberme sentado por última vez. Todo sigue en el mismo sitio, nada ha cambiado, excepto la luz, que ahora es más intensa y natural. No sé que hora es. No me importa. Es un día de invierno, un día frío, pero el cielo está muy azul... desde hoy odio estos días.

Siento el estómago vacío. No quiero comer, no puedo.

He vuelto a llorar. Quiero desaparecer.

Quiero seguir durmiendo, para poder soñar; quiero soñar eternamente...

Vuelven a mi mente los recuerdos de estos dos últimos días: me llamaron por teléfono para decirme que mi marido había tenido un accidente y estaba muy grave. Cuando llegué al hospital ya había muerto.

Las piernas me temblaron y sentí que mi cuerpo se derrumbaba; alguien me sostuvo.

Me dejó sola, herida de muerte, con un futuro negro por destino. Sigo llorando.

Pronto empezó a llegar gente... me abrazaban y me susurraban al oído. Yo no veía, no escuchaba, no existía. Se había nublado mi vida. Un sudor frío recorría mi cuerpo. (…)

Sin saber cómo, me he levantado y, tras mis pasos, mi conciencia deambula por mi casa. Antes de entrar en una habitación he de pararme y coger aliento ante la visión tan distinta de los espacios llenos de recuerdos y ahora vacíos de paz.

Sensaciones diversas se apoderan de mí, las luces, los colores, los olores se mezclan en mi cabeza mostrándome el pasado. Del salón me he quedado apoyada en la puerta de la cocina durante un tiempo incalculable para mis sentidos enfermos ahora, con la mente en blanco, lo cual ha sido un respiro a mi incesante agonía.

Me he transportado casi sonámbula por las partes de mi casa. Malditos recuerdos que me destrozan el alma.

…Al fin me veo frente a él, es nuestro dormitorio que me atrae hacia sí mediante un doble juego de miedo y pasión. Sé que no quiero entrar, que no soportaré los sentimientos que me traerán el torbellino de recuerdos que vagan por este espacio. Se me va a salir el corazón. Estoy temblando. Me doy miedo. No quiero, pero algo me impulsa a entrar. Maldito morboso instinto. Una vez dentro, sé que me arrepentiré...

Y aún así he entrado. Cuchillas de afeitar se deslizan primero por pizarra y luego se acoplan en mis piernas. Me cortan lentamente el aliento. Debo sentarme. Sentarme sobre la cama me hará sentirme aún más sola. Acabo de sentarme sobre ella. Me maltrato a mi misma mientras paro los recuerdos de nuestras noches y madrugadas. 

Basta. No puedo más. Busco el teléfono del dormitorio con la mirada. Lo descuelgo.

Me levanto de la cama con pasividad. Busco el bolso que dejé en el salón... 

Algunas pastillas. Ha sido demasiado por hoy. Necesito alejarme de mí por unas horas. Luego, quizá, el hambre de más de dos días me dé fuerzas para levantarme, o quizá no.


DÍA 3.

Al abrir los ojos me he sentido desorientada. No sabía en que parte del día me encontraba. Y por un instante me olvidé de los tres últimos, pero no fue más que ese instante y al cabo ha vuelto mi eterna agonía.

Me he llevado las manos a la cara… La tengo oxidada. Mi piel se está volviendo de hojalata.

Pongo lentamente los pies en el suelo y todo da vueltas al incorporarme. Mis pies arrastran mi cuerpo con torpeza y mientras esto sucede ordeno en la mediada de lo posible algunas ideas recientes en mi cabeza: debería comer algo, si consigo que ese algo pase a mi esófago... Y un baño de agua caliente es lo mejor que me puede pasar hoy. El aire que respiro me ahoga. 

Todo es de un color gris oscuro. Ni siquiera nada es negro, lo cual me permite distinguir, a mi pesar, las sombras que me rodean, quisiera no poder hacerlo, añoro la ignorancia en la visión.

Las sombras no existen. El dolor sí.

El cuarto de baño está al fondo de un, ahora infinito pasillo... 

He perdido la noción de la realidad sentada en el borde de la bañera, mientras ésta se llena.

Se condensa el agua y el espejo se nubla; me sigo manteniendo quieta y apática. Me pierdo entre el vapor.

Lentamente voy quitándome la ropa que llevo desde el día del accidente. 

Veo mi cuerpo desnudo y rígido,  lo toco. Pienso en sus manos...

El agua está demasiado caliente, pero, a intervalos, consigo introducirme totalmente bajo ella.

Lo peor es que yo soy consciente de todo. Sé lo que me pasa, sé lo que estoy sufriendo y sé que mañana no vendrá nadie a venderme una nueva vida.

El techo del cuarto de baño tiene una pequeña mancha de humedad en una esquina. No me había dado cuenta.

Quizá pase demasiado tiempo para poder volver a trabajar… No sé si volveré a trabajar.

Al salir de la bañera el vapor apenas me permite mirarme al espejo.

La cocina está igual de silenciosa que el resto de la casa. ¿Qué podría comer? No quiero cocinar nada. No hay nada que cocinar. Llamaré por teléfono a algún restaurante.

Apenas he probado bocado. Tengo el estómago cerrado. 

Sentada en el sillón, con los platos de comida enfrente, con la mirada perdida en el pasado... Pienso en el pasado porque el futuro me aterra. El presente me está matando.

No sé por qué me he levantado y me he aproximado al mueble, donde, entre otros libros, están nuestros álbumes de fotos. Nuestra corta historia plasmada en papel de fotografía... Inmóvil yo, ellos enfrente. Yo dudando, ellos callados. He vuelto a mi trono con ellos entre mis brazos. 

Fotografías ordenadas por años… y él, él, él... por todas partes. Del sillón me he dejado caer en el sofá. Yo no puedo dormir en mi cama. Necesito las pastillas para huir. Varias.

Las imágenes de nuestros años se han acomodado en mi cabeza y me encadenan a ellas.

Una tarde de un otoño le pregunté que si me quería, “Te quiero roja cuando anochece y azul por la mañana, pero sobre todo, te quiero desnuda”. 

…Un restaurante es un sitio idílico para una noche que acaba de desencadenarse. 

La mesa que él había reservado estaba en un sitio singular, muy cerca del pequeño escenario donde un individuo tocaba un enorme piano negro y una atractiva mujer envuelta en un vestido del mismo color cantaba a ritmo de jazz.

Me hizo sentir especial la manera en que me miró durante toda la noche.

Cuando terminamos de cenar, la botella de vino ya estaba casi vacía. Y me sorprendió con este anillo de esta mano helada... “He pasado una parte de mi vida buscándote y ahora quiero pasar la otra que me queda por vivir... a tu lado. Deberíamos casarnos...”

Pero todo eso pasó. Y ahora sólo aspiro a dormir, dormir, dormir...


DÍA 4.

Esta noche ha sido muy larga. Noche, día, qué más da, si apenas distingo la diferencia.

Me incorporo, vuelvo a mí, en la medida de lo posible... Hoy comer no es necesario. 

Pensamientos son los que me sobran. Y me están volviendo loca.

Él, él en todas partes, formando parte de todo. Él se adosó a mi cuerpo un día, y me ha dejado abandonada y en ruinas. Lamentos, llantos enredados sin lágrimas. Como duele la razón, como duele la soledad. Estoy de pie. Mi casa es un vacío en el planeta. Hay más vida en una piedra que donde yo estoy. Anda, anda cuerpo, a ver hoy con que me sorprendes.

Mi despacho está en penumbra. He entrado. Miro mis papeles; muchos papeles sobre las mesas, nunca me di cuenta de la cantidad de papeles que podía llegar a utilizar. He recordado lo que pensé mientras trazaba esas líneas la noche antes el accidente. Una lágrima cae. Aparece después un dolor seco, el dolor solo, el dolor.

Con cierta dificultad, me abro espacio en una de las mesas, al mismo tiempo que dejo caer al suelo parte del, hasta ahora, importantísimo proyecto.

Hay un formato en blanco. Un lápiz al lado. Mirando sin ver nada, cojo el lápiz entre mis dedos y lo apoyo en el blanco del papel. Durante unos minutos vacilo sobre la dirección que el punto que estoy haciendo, llevará, si es que lleva alguna. Siento una sensación de tristeza tan grande; desolación, abandono, soledad, temor...

Mi mente se divide en dos; la que siente y la que da forma a lo sentido. Al instante, este otro yo dicta a mi mano esclava una serie de líneas, coherentes todas ellas en su conjunto, que van plasmando, en el papel, mis sentimientos convertidos en un espacio habitable.

Cuando termino tan siniestro croquis, me aterra la visión de lo que yo misma he creado; nunca pude imaginar un espacio que calcara tan fielmente mi penoso estado. Es la forma de mi dolor. Es mi dolor, así es. Soy yo. Yo soy mi dolor y este es mi autorretrato.

Es un espacio blanco. Cargado de ángulos obtusos en las esquinas. Es una especie de torre sin cubierta en donde, tras un laberíntico y estrecho pasillo que conduce al centro, sólo hay una escalera de caracol con peldaños muy separados. La torre no tiene nada a su alrededor. Está situada en un inmenso valle gris. A medida que sus paredes crecen, éstas se van torciendo. Pesa demasiado y es increíblemente alta para la frágil estructura que intenta mantenerla. Es una lucha continua entre la gravedad y sus muros. La planta de la torre es un pequeño -al compararlo con la altura-  polígono irregular de seis lados que se va convirtiendo en su interior en el laberinto que conduce hasta la escalera de una forma violenta mediante los estrechísimos pasajes antes descritos. La puerta es un agujero en la pared. La escalera sube y sube... hasta llegar a ninguna parte, a un vacío; no hay nada después, sólo oscuridad silencio y soledad. Es estar sola ante el futuro; es la ausencia de futuro. Una vez en el peldaño más alto sólo hay dos posibilidades:

-Bajar uno a uno los peligrosos e incómodos escalones, lo cual es una tarea difícil, en la que hay que poner mucho empeño, tener mucho cuidado y desde luego, voluntad y fuerzas para bajarla, y alejarte todo lo que puedas de la torre una vez pises tierra.

-Dejarse llevar por la falta de fuerzas y de voluntad, por la ausencia de ganas de luchar, de ganas de vivir, y lanzarse al vacío sin pensarlo. Es más rápido, menos doloroso. Es convertirse en un sujeto paciente...

Así estoy yo. Así soy yo. Constantemente subida en lo alto de mi torre; constantemente sometida a esta disyuntiva, y siempre dudando.... Es como si estuviese esperando a que, por un descuido, mis pies resbalasen y cayera sin más... Así la decisión no sería mía.

Es increíble y terrorífico lo que mis ánimos me llevan a hacer. 

Continúo mirando mi croquis. Mientras más observo la maldita torre, más me veo a mí misma en ella, con ella y presa de ella. Mi mirada lentamente se pierde otra vez en el pasado.

Despertarme con él. Despertarme sin él, pero sabiendo que respira, que existe en algún lugar del mundo.  Mi vida por esa sensación doy.

Los hijos que nunca tendremos gritan en mis oídos. Estoy cargada de dolor. Ya no puedo más... lo dejo. Me rindo. Es absurdo engañarme más. Sé que nunca lo superaré.

(Llanto). 

Tengo la cabeza apoyada en la mesa; el lápiz aún en mi mano derecha. 

No sé por qué me he incorporado levemente; y mi mano vuelve a dibujar. Esta vez no soy yo. No es mi mente la que dicta, puesto que no pienso en nada. Los trazos son diferentes, más seguros, con más fuerza y más continuos, distan mucho de las torpes líneas que delimitaron antes la torre.

Soy consciente a intervalos de mis movimientos, los momentos en los que no lo soy, no entiendo que me pasa, la mirada se me nubla... Surgen de la nada líneas que van forjando una casa.

Es una arquitectura pintoresca. Fachadas de madera, grandes porches carentes de pilares, enormes chimeneas. La casa va creciendo poco a poco, anexionándose nuevas salas. Aún así la planta parece bastante ordenada y dinámica. Se observan débiles ejes de simetría dentro del caos de su pintoresquismo.

Me recuerda un poco a la arquitectura japonesa. Los espacios se interconectan. Predomina de horizontalidad frente a lo vertical. Las ventanas también se conectan unas con otras.

Los límites no quedan claros. La entrada es muy discreta y algo difícil de encontrar. Sucesiones de puertas que hacen que desaparezca el concepto de fachada como muro absoluto.

Cuando termino el proceso del dibujo, el lápiz resbala de mi mano. Por unos minutos observo cada vez más atónita el boceto. Yo nunca he pensado en esta casa. Y menos ahora… Esto no es mío. La miro y no dejo de mirarla, me relaja, es un lugar muy atractivo, en donde no me importaría estar. No entiendo nada. Tampoco nada me sorprende. Mi estado es cada vez más indiferente.

Pasan unos minutos, todo sigue igual. Yo nunca he pensado en algo así..., vuelvo a repetirme.

Aunque... él me habló una vez de la casa que quería tener en un lugar del mundo, y alguna vez me la describió; reconozco el boceto entre el resto de los que existen en el mundo y no sé por qué estoy tan segura.

Me gusta mirarla. Me gusta. Vuelvo a tener el lápiz en la mano. Y ahora está sobre el formato. 

Me cuesta deslizarlo sobre el papel, pero a la vez, no puedo evitar hacerlo. Lentamente, unas líneas, que apenas puedo discernir, construyen una palabra de cuatro letras: V I V E

El lápiz cae al suelo. Me incorporo de la silla. Giro mi cuerpo en un ángulo de 360º. 

Brotan como en el primer día ríos de lágrimas de mis ojos. Lloro y lo vuelvo a hacer como un ser humano. Ya no sé si sigo girando o es el mundo el que gira sobre mí. Los chirridos de mi alma se aminoran.

¿Dónde estás, que no te veo? Todo lo estático estalla; todo da vueltas.

Frases que yo nunca pensé se apoderan de mí, se instalan en mi cabeza, vienen colapsándose unas a otras. 

Todo pasa muy deprisa. Lloro y río, por primera vez en ya una eternidad, al mismo tiempo.

Ahora empiezo a entender... La casa, sí, es su casa, él la ha dibujado; refleja el sitio que quisiéramos compartir. El lugar donde seríamos felices. Es la paz que intenta transmitirme.

¡Él sigue existiendo! Ahora estoy segura. Lo siento, lo siento en todas partes. 

Su esencia me impregna: Está. Es. Forma parte de algún lugar ya.

Durante estos días (ahora lo sé), ha estado vagando, perdido, solo, asustado, a punto de perder la esperanza, sufriendo..., ha estado en tránsito, buscando el lugar que lo esperaba, buscando el lugar que ya ha encontrado. Y por fin ha encontrado también la paz, su paz.

Todo lo que él ha sufrido, por donde él ha pasado, he pasado yo también. Mi estado presente era también el suyo. Mi alma sentía que él estaba perdido, y sufría eternamente más.

Ahora sé que está bien. Ahora lo siento a mi alrededor. Ahora entiendo, sé que no quiere verme como me abandono a la desesperación. Él quiere que siga adelante. Quiere que siga luchando, quiere que viva. 

Tengo que sacar fuerzas para sobrevivir. Él me envuelve por todas partes, siento su paz. Me siento protegida. Minúsculas partículas de su esencia flotan por todas partes. 

Ahora no me siento sola. Él sigue existiendo. Y nuestra conexión es más que sólo terrena.

Continúa girando... Todo se mueve. Todo grita, llora, todo cambia a mi alrededor.


DÍA 5.

Al abrir los ojos la habitación está en penumbra. Después de unos segundos de amnesia recuerdo algo incrédula todo lo vivido el día anterior. Es demasiado para digerirlo todo. Han sido muchas cosas. De pronto me doy cuenta de algo que hace que se me acelere el corazón, y me paraliza completamente: estoy en mi cama.

No recuerdo como he llegado hasta aquí. De hecho, no recuerdo los últimos momentos de ayer. No sé como me quedé dormida, pero sobre todo no recuerdo haberme acostado yo en mi cama…

La sensación que me produce estar aquí, no es tan terrible ya, aunque no deja de provocarme una nostalgia muy grande.

No sé si lo de ayer fue producto de mi imaginación o realidad, no sé como he llegado a esta cama. Estoy segura de que yo, voluntaria y conscientemente, no lo hice sola... ¿Algo pasó que supongo que es mejor que no recuerde, o todo ha sido soñado?

Pongo los pies en el suelo. Mis pisadas son firmes hoy. Siento un gran dolor en el estómago. Apenas he comido nada en los últimos días. Me dirijo hacia mi despacho. Ahora sólo me importa una cosa...Al entrar, clavo mi mirada en la mesa; las piernas parecen fallarme por momentos.

Siguen allí. Existieron, no los inventé. Los bocetos y croquis de la torre y de la casa están sobre la mesa, donde los dejé.

Entonces pasó... Me acabo de sentar sobre una silla. Revuelvo en mi cabeza.

Vuelvo a sentirlo. Ya siempre lo sentiré. Él, él, él me pide incesantemente que viva.

Al menos tengo que intentarlo. Ya nunca podré tocarlo, pero siempre sabré que está.

Sí, muy pronto volveré a vivir. Lo haré por él, por nosotros. Lo haré poco a poco y aprenderé a hacerlo.

Qué doloroso ha sido este tránsito a otra forma de vida. No puedo sufrir más de lo que ya lo he hecho, y por supuesto aún sigo sufriendo, aunque ahora he de hacerlo con resignación, paciencia y con la esperanza de un resquicio de paz en el futuro. 

No dudaría en volver a vivir mi vida, con tal de vivir los últimos siete años otra vez…

 

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