LAS CRÓNICAS DE MARCO POLO

SIM CITY

Desde el tren, lo que veo parece un videojuego. Uno de esos en los que se construyen casitas. Estoy en el tren de alta velocidad Nanjing-Shanghai, parte de una red que ha revolucionado el país. El espacio-tiempo adquiere su condición relativa y lo que antes estaba lejos ahora está cerca. En Europa coger un tren se parece, casi siempre, a coger un autobús. En China se parece a coger un avión.  La estación es inmensa. Tiene dimensiones de estadio de fútbol. Ni un sólo cartel en inglés, tampoco las máquinas expendedoras de billetes dan ninguna pista que no sea un jeroglífico. Una familia se apiada de mí y a cambio les ofrezco la oportunidad de practicar su inglés y de ver cómo su hija de unos 4 años dice frente a ellos “please, follow my dad, sir”. Al padre se le ilumina la cara de orgullo. Lo sigo. “Ta shì lâo wài” (ése es guiri) dice el más pequeño, de unos dos años, mientras nos vamos. ¿Cómo tienen dos hijos? Puede que se hayan beneficiado de las nuevas políticas de “relajación” de la ley de hijo único (ahora, si padre y madre son hijos únicos, pueden entonces tener dos), aunque son demasiado mayores para eso. Más bien parece que sean de una minoría, que están exentas, o simplemente ricos de los que pueden permitirse el criar a uno de los dos retoños al margen de Estado. No parecen adinerados, pero eso aquí nunca se sabe. Gracias a ellos, consigo subir a tiempo al tren, sólo después de enseñar mi pasaporte tres veces. El torno de entrada no reconoce más que carnets de identidad chinos y me pasan por el lado. Un guardia de seguridad canijo, de los que abundan por aquí y que probablemente son capaces de sacarte el corazón con el dedo meñique, me mira y me deja pasar. En mi asiento ya hay alguien sentado, pasa casi siempre. Unos jóvenes le insisten en que me deje sentarme, que es mi asiento. En mi sitio hay otra persona, dice ella, pero muy educadamente se levanta al fin y se aleja por el pasillo. Lleva un mono falso de Balenciaga, con la marca, enorme, bordada en la espalda.


Miro por la ventanilla y observo la partida del videojuego. Con la inmediatez con la que se pulsa una tecla, crecen los bloques de pisos. Se ganan puntos con los metros conseguidos y puede jugarse online con jugadores del otro lado del mundo, que intentan pulsar sus teclas antes de que las pulsemos nosotros. Y llevarse ellos los puntos, claro. ¡Ay! Nos hemos dejado una guardería en pie, pulsar, pulsar, es el Progreso. La macroeconomía se hace tangible, pierde su condición irreal y arruina la vida de unos cuantos miles de avatares virtuales, haciendo millonarios a otros pocos. Es una partida de damas contra el territorio. La ciudad gana siempre, no está ahí el objetivo del juego, si no en cómo consigamos plantar nuestras piezas en el campo para conseguir cuantos más puntos mejor. Hay que leerse las reglas. Puede jugarse desde el móvil. Es fácil e intuitivo. Se van construyendo bloquecitos y explotando huertas, invernaderos y casitas de mierda. A medida que avanza la partida, se va formando un pequeño universo de nuevos edificios. Parecen pequeñitos desde el tren. En la versión avanzada se puede también ir moviendo a la gente de un sitio a otro, es mucho más entretenido. Así se consigue vaciar barrios en el centro, explotarlos y levantar otros mucho más caros, que dan más puntos. Los agujeros en la parte cara de la ciudad son lo más. Donde había casitas, ponemos bloques de pisos para ricos, o un centro comercial y se nos llena el marcador. La música del Tetris suena en mi cabeza desde hace rato.


Pero cuando uno se baja a la pantalla y pisa el barro, los edificios dejan de parecer emoticonos y resultan tener 30 plantas.  Los “avatares” tienen hijos y se van quedando sin guarderías, sin colegios y terminan por aceptar que tendrán un pequeño apartamento nuevo. Si son propietarios de la casita demolida, lo mismo se hacen hasta millonarios. Es, además, su única opción de progresar. Precisamente estos días hemos estado nosotros en las trincheras de lo urbano, en el frente mismo, donde se van borrando trocitos de campo para ir poniéndolos de ciudad. Es una frontera muy balcánica, en constante transformación. Hemos visto lo desolado del campo de batalla. La mayoría de los habitantes, además, perdió hace tiempo el amor por su pueblo.  El desapego lleva al desprecio por lo que nos rodea, la degradación llega entonces inmediatamente y se convierte en la excusa perfecta de los que quieren renovar la zona. Pero, ¿quién está a los mandos de la video consola?


Os quiere, Marco Pol

LAS ENTRAÑAS DE LA BESTIA

Este texto está dedicado a la memoria de M.C., amigo y lector apasionado de estas crónicas. 


Nuestros trabajadores descansan dos días a la semana. Pasan cuatro meses al año en sus pueblos... los meses de invierno, así se libran del frío. Sí, con sus familias, claro está. La verdad es que están muy contentos, sí. La mayoría es de fuera, pero tenemos una habitación en la que los familiares pueden quedarse si vienen de visita. No, no, les cobramos nada. [La gran mesa ovalada de caoba es más grande que la puerta, cualquiera que sea el ángulo que se intente mentalmente. Casi podría asegurar que montaron los barracones en torno a ella. Mientras pienso esto, he perdido momentáneamente el hilo de la conversación...] ... las condiciones han mejorado mucho últimamente. Sí, por supuesto, salen a los bares a tomarse algo de vez en cuando. [China sigue estando llena de grandes obras por todas partes. Los obreros, hombres y mujeres, viven allí mismo, en bloques prefabricados de hasta cuatro plantas. Son todos idénticos: paredes blancas de chapa, ventanas rigidizadas con alambres metálicos oxidados y tejados y estructura azules. A través de la ventana se oyen ladrar dos pastores alemanes enjaulados] ¿Los perros?, ah los tenemos porque a nuestros empleados les gustan mucho los animales. Somos unos doscientos en total. [La zona en la que estamos es donde viven los encargados. Nos habla el jefe del cotarro. La oficina está muy ordenada y limpia incluso para estándares europeos. No hay duda, este hombre está enamorado de su obra: dos enormes bloques de viviendas de nivel alto mirando al parque junto a la universidad. Estamos de nuevo en Harbin, esa ciudad con un verdadero pasado europeo, diseñado por ingenieros rusos. En el museo de la universidad sorprenden las imágenes de época, con orientales luciendo grandes bigotes estilo zar. Ahora han decidido hacer de ese regusto el emblema de la ciudad y han inventado lo que ellos mismos llaman “Chinese Baroque”, que, no hace falta que lo diga, ni es chino, ni es barroco. Varios arquitectos de la ciudad han conseguido su reputación como expertos diseñadores de estos pastiches] ¿Una habitación? OK, no hay problema, podemos verla. Vamos. Están aquí mismo, subiendo las escaleras. [Subimos. Hacemos fotos a través de las ventanas y los habitantes las aguantan con cierto enfado. Nos protege la sonrisa permanente del jefazo que nos acompaña. Seis camas, apretadas aunque no demasiado, están encajadas en la habitación. Es al ver cómo van vestidos, cuando nos damos cuenta de que son los que mandan por allí] ¡Son de la universidad! ¡Han venido a visitarnos! ¡Ah! Vais a tener que disculparme, por motivos de seguridad no podremos finalmente ir a ver el otro bloque donde viven los demás trabajadores [minutos antes nos habían dicho que sin problema]. Como veis es imposible llegar hasta allí sin pasar por zonas peligrosas. ¿Por la otra puerta? No, no. No puede ser. ¿Esas flores? Son para que la obra esté más bonita.


Visitamos ahora el nuevo teatro de la ópera de la ciudad. Está en obras y parece que lo acabarán en un mes. Es un gran armatoste, aunque el enorme vestíbulo de entrada impresiona. Por fuera es otro más de los platillos volantes que continúan aterrizando en China, fruto de la facilidad con que se pueden retorcer los volúmenes con la ayuda de los nuevos programas de ordenador. Me acerco un poco a una de las partes aún sin terminar, donde quedan al aire los entresijos de la piel del lagarto. Bajo el tejado, diseñado digitalmente con formas que hacen una extraña pirueta, se descubren las entrañas del ovni. Un amasijo de hierros desordenados, soldados unos a otros sin ingeniero alguno de por medio. En las capas internas de la epidermis  de China hay tecnología de chabola.


[Poco después de la visita a la obra, los estudiantes se las arreglan para hablar directamente con los obreros que construyen el edificio de viviendas] En los meses de invierno emigramos al sur. Aquí hace demasiado frío para usar hormigón o soldar. Claro, buscamos trabajo en otras obras, no podemos estar sin trabajar. No, no, nosotros no vivimos en los barracones, sino en el sótano del edificio. [Puedo imaginármelos acampados en lo que pronto será el aparcamiento subterráneo, sin luz ni climatización, aunque esto no puedo asegurároslo. Como tantas veces hemos visto, los niños y los viejos son probablemente los únicos habitantes en los pueblos de los que vienen. Es algo habitual que los padres dejen a los niños con los abuelos durante los dos primeros años y que sólo los vean durante los días de año nuevo] ¿Que cuántos días descansamos a la semana? Aquí solo se descansa cuando está lloviendo.


Os quiere, Marco Polo

EL MILAGRO DE LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y LOS TRENES

Sé que secretamente todos compartimos que hay alguna que otra ventaja en el totalitarismo, sobre todo cuando se trata de llevar a cabo buenas ideas, esas raras veces en que los poderosos exhiben sentido común además de poder y falsas sonrisas. Entonces todo va como la seda, pues no habrá resistencia alguna y si la hubiese, pues se la aplasta sin más, como siempre, aunque sea en esta ocasión por una buena causa y no por la simple protección estructural de la Estructura o la destrucción de lo distinto, como habitualmente. Nada podrá interponerse y la idea sobre el papel se hará realidad con una sorprendente rapidez, aupada por las mieles de la imposición autoritaria. La burocracia, ese invento perfecto, se disipará sin más, cortada de arriba a abajo con una inesperada suavidad, como si nunca hubiera existido. El dinero fluirá a borbotones entre las estrecheces y habrá para todos, incluso para llevar a cabo la idea. Los caminos hacia la materialización de tan importante empresa serán otros, lejos de los que transitan propuestas mundanas, que deben ascender desde las cloacas de la ciudadanía hasta las alturas de los Invisibles y que casi nunca llegan a ver la superficie, que se ahogan en las raíces del laberinto.


¡Qué maravilla sin embargo cuando se puede disponer a placer de todo cuanto existe y no escatimar y no tener que pensar en nada más que no sea en el cómo hacerlo! Todo se limita entonces a trazar sobre el país el dibujo más inspirado y llevarlo a cabo, a imponerlo por el bien de todos nuestros súbditos. Mejor aún si los tenemos tan entrenados como para no sólo no protestar, sino jalear sin fin nuestras ideas a la primera oportunidad. Pero es que cuando las ideas están iluminadas ni siquiera hace falta esta disposición sumisa del rebaño, no hay por qué rebelarse, y hasta los más críticos tenemos que rendirnos a la evidencia. 


Sé que secretamente todos los dirigentes mundiales querrían en su mano la varita mágica del Partido Comunista Chino, con o sin libro de instrucciones, la misma que les permite a éstos jugar con su moneda como si fuera del monopoli, la que les da el poder de cerrar las fábricas y echarlas un poco más "pallá", desplazar a la gente o abrazar con fuerza las nuevas formas de energía un segundo antes de asfixiarnos. Aunque no creo que ningún mandatario europeo se atreviese a conducir este gigante, incluso dudo de si serían capaces de hacerlo mejor, de ser más justos. Superado para la mayoría el problema del pan de cada día, cosa que hasta hace poco no estuvo tan clara, el gobierno chino se emplea ahora en otras necesidades de segundo orden, que además mantienen a la gente contenta y anestesiada. No hay mejor soporte para un "tiranuelo", como diría Cortázar, que un crecimiento económico sostenido, aunque sea repartido de forma injusta. Si estamos cada vez mejor, por qué cambiar. 


Por ejemplo, siempre que volvemos a Shanghai el metro ha vuelto a crecer. En los últimos años hemos visto las líneas multiplicarse como caminos de cabras. Creo que pronto será la mayor red de ferrocarril subterráneo del mundo, si no la es ya. Ha sido muy rápido, casi violento. Han batido el récord mundial. No deben de costar dinero los nuevos trazados, ni suponer problemas logísticos, ni atravesar los túneles yacimientos arqueológicos, ni, por supuesto, enfrentar a unos partidos con otros (esto último está bastante claro). Lo mismo ha ocurrido con los trenes de alta velocidad, que ahora unen entre sí las principales ciudades de todo el país. Las estaciones parecen estadios de fútbol. Recuerdo que hace años tardamos 7 horas de Guiyang a Chongqing, fuimos por una carretera que no hacía más que esquivar cientos de montañas. A nuestro lado se construían de forma simultánea 350 km de autopista, prácticamente un puente detrás de otro, para trazar una millonaria línea recta por encima de valles y quebrados. Entonces, aquella nueva carretera rectilínea era para ellos el Progreso. Amigos que habitan las alturas nos dicen que ahora la inversión conquistará aún más profundamente el salvaje Oeste, por lo que las ciudades de provincia podrán pronto creer que se parecen a las de la costa Este y tendrán todas ellas no sólo su autopista, sino su aeropuerto y sus dos o tres mega-estaciones. Volviendo a Shanghai, cuando hemos llegado esta vez, nos hemos encontrado de repente la ciudad literalmente inundada de cientos de miles de bicicletas públicas de alquiler. Una tecnología que hace tan sólo cinco años parecía ciencia ficción permite ahora localizar y desbloquear estas bicicletas con el móvil. Media hora, 1 yuan, 14 céntimos de euro. O sea, casi nada, incluso para economías relativamente apretadas y desde luego el medio de transporte más económico y más limpio de la ciudad. No hace falta decir que multiplicar esta cifra ridícula por potencias de diez estará desde luego fabricando nuevos millonarios chinos (esa especie tan preciada por los entomólogos occidentales). Es probable, además, como siempre, que las bicicletas las hayan pagado entre todos y los réditos queden en pocas manos. Pero en esta ocasión hay otros beneficios, es imposible no rendirse a la genialidad de la idea. Es una de esas cosas que mejoran nuestra vida, que no se inventaron antes porque eran irrealizables y que no se llevaron antes a cabo, cuando ya lo eran, porque a nadie se le ocurrió. Según nos dicen, cada semana aparecen nuevas empresas y nuevos modelos. Por ahora las bicicletas lucen impolutas, relucientes, recién inventadas, por miles, por todas partes. Y amanecieron sin previo aviso, sin pedir audiencia, pero encontrándola por millones en cuanto se demostraron un invento perfecto y de repente imprescindible en el día a día. Mientras tanto, camiones patrullan las calles requisando por sorpresa motocicletas sin licencia. Hay que cambiar de sistema y anular silenciosamente la opción anterior. Simplemente las recogen de las calles y las echan al remolque. Otra gran idea, por cierto. ¡Ah! Y que nadie se atreva a decir nada. Hay que reconocer que esto es una maravilla. A quien no lo sepa ver, habrá que ejecutarlo.


Os quiere, Marco Polo.

115TH SHANGHAI’S DREAM

«¿Se sienten cansados?», no se preocupen, únanse gratuitamente a la gimnasia de recuperación a bordo.


No hay por qué preocuparse entonces, las piernas empezaban a pesarme pero me salvaré de la trombosis. Las palabras vienen como del púlpito de algún culto secreto y suenan en la megafonía del avión con una alegría imprevista. Dos azafatas sincronizadas al milímetro muestran los movimientos al pasaje, mientras sus ojos piensan en otra cosa, quizás en qué decir en Weibo esta noche. Casi todos se unen con júbilo a la serie de ejercicios: primero estirar los brazos, luego relajar los hombros y mover los pies, “golpeen con una mano el brazo contrario, golpes pequeños de arriba a abajo, así, muy bien, ahora los muslos” los músculos de una señora de unos setenta años rebotan firmemente contra sus manos de campesina, relajados un instante antes de recuperar juvenilmente la tensión. Después las sienes, los ojos, las cejas, varios puntos en las orejas. También yo me apunto al Hari Krishna general y al terminar tengo que reconocer que estoy de acuerdo con el taxista, un hombre de dientes prominentes, en que me encuentro mucho mejor, más relajado, más ligero, incluso más feliz. Nos hemos subido en la calle central de Harbin, un intento de avenida peatonal europea con bastante elegancia. Llevamos tantas bolsas encima que apenas si podemos respirar.


El taxista es una mujer. Viste una camisa reciclada de la policía. Al mirar con detalle incluso descubro que unos galones aún rematan los hombros. En los puños lleva bordada la palabra ”POLICE”. Es una camisa de hombre color celeste un par de tallas grande, ¿asesinaría a un agente para conseguirla?¿se le olvidaría a un amor pasajero en el asiento de atrás, tras un encuentro fugaz en sus años de juventud, y la lleva siempre desde entonces a la espera de que vuelvan a montarse en su taxi el policía y su pistola? Nos dirigimos al Hotel Internacional, donde nos estamos alojando, un edificio art decò de los años treinta, reliquia de la época de la ocupación rusa, donde todo está envejecido para parecer original. Un día Mao durmió allí, aunque Mao estuvo en todas partes y en cierta manera todavía sigue estando presente en cada rincón. El taxi vuelve a pararse y la conductora acepta sin consultarnos a una nueva pasajera en el asiento delantero.  Cuando la cliente ocupa el sitio del copiloto, la mujer con camisa de policía empieza a chillar como una loca, al tiempo que se arrincona contra la ventanilla izquierda. Intenta echar fuera del taxi a la nueva inquilina, pero ella no se mueve, al contrario dice una frase en chino que neutraliza la histeria de nuestra chófer. La camisa no da la autoridad, pienso, pero es que aquí los policías verdaderos saben Kung Fu. ¿Por qué grita esta mujer? Me asomo entre los dos sillones delanteros y veo que la joven tiene una ardilla correteándole por el cuerpo como si fuera un árbol. Al primer vistazo también a mí me parece una rata. Es cierto que la dueña tiene un punto vegetal y con la mirada casi inerte nos mira brevemente en cuanto nos despistamos. Sus brazos parecen ramas blancas sin corteza. Pienso que es el roedor el que le ha pedido el taxi a la chica y no al contrario. Juntos, seguimos los cinco nuestro camino. La ardilla escala de cuando en cuando a la cabeza de su ama y nos saluda en perfecto español. Comprobamos que estamos en la estación correcta y nos bajamos del metro sin despedirnos. Una niña ciega, guiada por un niño de unos cuatro años que le hace de lazarillo, canta equipada con un equipo estéreo súper potente que lleva escondido en una mochila de colegio y un micrófono como el los de los entrenadores de aeróbic. En la parada anterior, al verla, un hombre lisiado que caminaba a cuatro patas con un cubo al cuello, piensa que no será el vagón más rentable y se retira por donde ha venido como un ser extraño, mientras desgarra el aire un gemido animal. Ni hao, le digo a una especie de urraca que hay en la jaula junto a nosotros y tras un graznido espeluznante, parecido al del hombre cuadrúpedo, me responde “ni hao”. Creo que su pronunciación es mejor que la mía. 


Durante cuatro horas un cliente nos somete a un terrible interrogatorio. No sé por qué no estamos ya en el metro, sino en los jardines de Suzhou. Nos están dando un masaje de pies. Cada vez que creemos que vamos a poder levantarnos, el inversor contraataca con una nueva pregunta o retoma alguna cuestión anterior. Nos sentimos como el jefe de Bartleby el escribiente en el relato de Melville. Este hombre tiene una resistencia sobrehumana, tras su polo metido por dentro y su bolsito de marca. Pero no menor que la del policía que nos vigila en el aeropuerto, que lleva una pequeña sirena bicolor cogida a la solapa. De alguna forma su cerebro ha conseguido olvidar que en el ojo derecho hay un foco de luz deslumbrante roja, azul, roja, azul, roja azul. Ni hao, dice con un graznido el hombre cuadrúpedo que resulta ser el ascensorista del hotel. Cojo un billete de 10 yuanes y se lo dejo caer en el cubo que ahora agarra del asa metálica con los dientes. 


Nos abre la puerta de la habitación la Estatua de la Libertad. Está embarazada, pero será su único hijo debido a las políticas del gobierno. En cualquier caso nos dice que quiere apuntarlo a clases de chino. "Espero que sea varón", reclama. Dice todo esto sin mover su cuerpo de bronce. Las chicharras nos hacen sangrar los oídos. Me abro paso a lo largo del pasillo intentando llegar hasta Julia, mi hija, que se esconde llorando entre cientos de bicicletas oxidadas, abandonadas por estudiantes extranjeros. Al alcanzarla y cogerla en brazos es un enorme jarrón chino. Hago un par de malabarismos con él y todos aplauden entusiasmados. Yo mismo me sorprendo de la habilidad con que lanzo al aire el gigantesco cacharro y lo dejo en equilibrio sobre mi frente. Unos modernos del distrito cultural 798 de Beijing se han colado en mi sueño y nos han organizado un fiesta sorpresa en el hotel. Hay mujeres hermosas pero no pueden hablar. Todas llevan ardillas correteándoles por el cuerpo y las acarician con ternura. Algunas se sientan en el banco rosa fucsia que ha diseñado un amigo arquitecto. 

El hombre lisiado, con la urraca al hombro, se acerca como puede al piano y tras encaramarse con movimientos de insecto a la banqueta de madera, toca unas notas alegres in crescendo. El pájaro, ahora con una voz femenina y sensual, comienza a hablar en chino. Durante la traducción al inglés que le hace el niño lazarillo, entiendo por fin que hemos llegado finalmente a Shanghai y que, hasta que el aparato se haya detenido completamente, está terminantemente prohibido aún el uso de dispositivos electrónicos. Sin embargo, a escondidas, los dos de la fila de al lado terminan de ver, doblada y subtitulada en mandarín, una película de Nicolas Cage saltando entre bolas de fuego.


Os quiere, Marco Polo

FUNDAS DE CROCHÉ

¡Ah!, el lujo. 


Pocas cosas provocan tanto anhelo de posesión como precisamente el querer poseer muchas cosas. Y cuanto más caras mejor. Cuanto más brillantes, más secreta o violentamente ostentosas mejor, cuanto más distintas de las de los demás mejor, cuanto más exclusivas mejor. Cosas que enseñar a los amigos, cosas que ellos no puedan permitirse, objetos que poder sacar al final de una comida con los compañeros catedráticos del departamento, que despierten admiración y comentarios por debajo de la mesa, con las que mirarse en el espejo, un espejo único, muy antiguo, en el que mirarse uno y nadie más. No estamos hablando de la mejor cara del ser humano, creo que no hace falta decirlo.


Pequeños deslices de gasto o alocados desembolsos tienen, es cierto, un punto de excitación casi sexual. Si te lo puedes permitir: por qué no. Si no te lo puedes permitir: pues que al menos lo parezca, en alguna cosita, algún complemento de aspecto dudoso, que haga pensar a algún amigo del club de campo que en el fondo nos va mejor de lo que parece.

 

Apenas puede arrastrar el reloj Panerai de más de 6000 euros, es como un yunque atado a la mano. En un movimiento rápido echa la manga para atrás y lo deja al descubierto sobre la mesa en la que comemos. Es un gesto aparentemente espontáneo, pero imagino que lo ha practicado en casa, como cuando uno se abrocha a solas la chaqueta antes de ir a una boda y cree comprobar que no se nota que no lleva uno traje habitualmente. El brillo del acero arrastra mi mirada hacia su muñeca unas décimas de segundo, hago como si nada, pero él se da cuenta y un mínimo cambio en sus comisuras muestra la alegría que le produce el saber que yo sé cuánto vale su reloj. No creo que pueda llevarlo a diario sin sufrir codo de tenista, pero está claro que sus palabras han cambiado ahora que el puño de su camisa se ha separado de su mano, suenan más seguras, más creíbles, más sinceras ... uno de los comensales puede permitirse un objeto como ése, cómo no fiarnos de él.


Alguien me dijo hace poco en Sevilla que no había visto cosa más lujosa que los urinarios del restaurante Tang Dynasty, cuando vinieron a visitarnos, cerca de la universidad. Es cierto, le digo, estoy de acuerdo. Ambos teníamos entonces en mente, sin decirlo, la misma idea: los urinarios estaban llenos de cubitos de hielo. Tampoco yo he visto nada igual. Era como si estuviera uno orinando sobre la nieve. Un frescor incomparable sube entonces por las ingles y el placer de la descarga se multiplica. Puede jugarse a descomponer tal o cual cubo de cristal, es bastante entretenido, la verdad, tenemos otra vez diez años, somos niños abonando los árboles. La termodinámica tiene algo que ver, eso está claro: hay un cambio de temperatura, sí, pero también anda por ahí el placer capitalista de derretir por gusto tiempo, energía y dinero. El tiempo, la energía y el dinero de otros, a la altura de nuestras rodillas, bajo nuestra orina. El "ecologismo" suena como un término lejano cuando hay una convección de aire fresco tan relajante, tan placentera. Ya los reyes, y supongo que los emperadores, tenían escupideras de oro y uno sale del servicio con el pecho en alto, sintiéndose parte del "gran mundo", dispuesto a gastar un poco más que antes.


Hay dos tipos de autobús desde la puerta de embarque hasta el avión. Desde el de clase económica vemos los asientos forrados de croché del microbús que llevaría a los que han pagado diez veces más. Esta vez no encontró ocupantes y se quedó aparcado. El capitalismo sabe el efecto de hacerte sentir VIP. Para qué llamar "clase turista" a lo que puedes llamar "primera clase", si puedes llamar "clase business club" a lo que antes era primera. La obsesión por el lujo es quizás una de las vías más degradantes de la naturaleza humana, un camino seguro a la soledad. Ana Karenina sabe de lo que hablamos, pues Tolstoi era un experto en los efectos destructivos que la superficialidad y la impostura tienen en el alma. Aquí en China todos quieren acercarse a ese universo inalcanzable que inunda las pancartas publicitarias retroiluminadas y cualquiera con cara de campesino y chanclas machacadas llevará en el metro una riñonera de Gucci, en un intento desesperado de elevar una existencia más digna de lo que él mismo puede entender. Hasta la imitación más flagrante no escatimará en hebillas niqueladas y cremalleras doradas. 

Reconozco en mí la llamada de lo ostentoso y durante tres días estreno en el Hyatt cepillo cada vez que me lavo los dientes. Otros lo pagan, claro, yo nunca podría permitírmelo.


Os quiere, Marco Polo

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SIN COMENTARIOS

Sin palabras en esta ocasión.


Os quiere, Marco Polo.

VENTOLÍN

Nuestro avión comienza el descenso con una serie de ruidos rutinarios, secos, como si cogiéramos un mal bache, ése que siempre genera un ligero sobresalto al recordarnos que no tocamos el suelo y que por tanto no debería haber piedras ni agujeros en el camino. Sin embargo algo ocurre, sentimos la espalda apretarse contra el asiento y remontamos el vuelo. Al parecer cambiamos de aeropuerto en el último instante. Miro por la ventanilla y veo una densa niebla negra.


Sobrevolamos Shanghai a muy baja altura, todo un lujo por otro lado, así que yo voy encantado con la frente pegada al cristal. Es de noche y la ciudad nos mira desde abajo con su característica red de calles iluminadas y grandes agujeros negros. La niebla convierte la luz en un líquido viscoso y la imagen está más cerca lo microscópico que de lo real. La luz amarilla de las farolas se distorsiona en enjambres de luz atrapada.
Es la contaminación la que impide al piloto ver la pista, creo que no lo había dicho aún. 

En su explicación en inglés de andar por casa, el comandante nos dice literalmente "los recursos de aterrizaje se estaban agotando rápidamente y nos hemos visto obligados a dirigirnos al aeropuerto de Pu-dong". Quizás no iba tan desencaminado nuestro sobresalto, así que prefiero refugiarme en los posibles errores semánticos del que habla en una lengua que no controla.

Al levantarnos a la mañana siguiente y salir a la calle, las glándulas salivares nos devuelven un regusto amargo y constante, ligeramente adictivo incluso, como cuando pedaleas detrás de una vieja motocicleta, cruzas una calle entre los autobuses en marcha o echas gasolina. 

El cielo es el de Saturno. Cuando el sol nos descubre su contorno perfectamente circular y nos deja mirarlo directamente a los ojos, nuestra mente busca en el cielo las otras treinta lunas. Es imposible negar la fotogenia de la contaminación. Los contornos cuadrados surgen de la bruma como montañas redondeadas.
Esta mañana Shanghai ha corrido una cortina de humo y la nueva clase media china y los "yuppies" (del inglés: young  urban professional) occidentales, que viven (o vivimos) como embajadores, ven de repente truncado sus sueños de grandeza. Como antídoto fallido, la obsesión por lo ecológico hace tiempo que se extiende por aquí. En la puerta de muchos restaurantes, grandes carteles muestran idílicas granjas como de la Toscana asegurando que allí sólo se cocinan alimentos producidos por ellos mismos. Los rumores, leyendas y escándalos constatados son cada vez más frecuentes: que si decenas de restaurantes han recogido cerdos sacrificados de la orilla del río al que habían sido lanzados ilegalmente; que si un campo de sandías se ha convertido en un campo de minas frutales, con granadas en vez de sandías y metralla de pepitas; que si se han descubierto refinerías de aceites usados capaces de devolver un maravilloso tono dorado a cualquier residuo de freidora... no les falta razón entonces a los que tratan de reducir los venenos ingeridos sin intención lúdica, ¿pero de qué les sirve si respiramos una nube tóxica?Me falta el aire, siento un desagradable cosquilleo en las costillas, las costuras no están en la posición adecuada ¿dónde puedo comprarme unas cuantas mascarillas?

Mucha gente ya las lleva, herméticas contra sus caras planas. Me cruzo con ellos y ellos me aguantan la mirada, escondidos detrás de su filtro. Muchos las cubren con fundas de estampados psicodélicos. Cuando son mujeres hermosas hacen volar la imaginación, como si en cualquier momento pudieran sacar extraños instrumentos sexuales a juego con sus mascarillas y nos guiaran a través de las últimas noches antes del holocausto nuclear.

El sabor en la boca es claramente apocalíptico, no me había dado cuenta hasta ahora. 

Las calles se asfixian. Creo que la ciudad arrastra un serio problema con el tabaco y además tiene asma. Sólo los que la hemos sentido, sabemos la maravillosa sensación que inhalar salbutamol produce en los que se ahogan, aunque creo que hoy Shanghai se dejó el ventolín en la otra chaqueta.

Os quiere, Marco Polo.

BAI JIÙ

El futuro de la China interior se decide empapado en alcohol. Para cuando los dos primeros representantes del gobierno aparecen en la cena, apenas si se tienen en pie. Se tambalean hasta sus sitios con las caras descompuestas en extrañas muecas. Cada uno va de la mano de un asistente. Uno de estos lazarillos es una mujer muy joven, que a cada paso esquiva como puede los envites insinuantes de su jefe. Llegan, dicen, para hacer un brindis con nosotros. La traductora confiesa que apenas si entiende lo que dicen. Tienen la cara atravesada por manchas rojas, casi una especie de sarpullido etílico.


Se sirve una nueva ronda de Bai Jiù y para entonces ya llevábamos varias. El Bai Jiù es el fortísimo licor de arroz con el que se brinda constantemente en cenas y con el que se cierran todos los acuerdos importantes. Cuanto mayor es la cuantía del contrato en cuestión, más caras son las botellas. Algunas cuestan muchos cientos de euros, incluso miles. Hay muchas cosas en juego y no es plan de echarlas a perder por no aliñar al responsable de turno con el caldo adecuado. Los arquitectos emborrachan a los políticos, los políticos a los arquitectos y a otros políticos, los constructores a los arquitectos y los políticos y los políticos a los constructores. Después de unos cuantos días por aquí, no creo que haya encargo profesional, ascenso, acuerdo político o cualquier otro trato profesional, amoroso o personal que no se moje hasta los huesos en destilados de arroz.


Los anfitriones deben brindar con toda la mesa, o con cada una de las mesas cuando hay más de una, y uno por uno con cada uno de los comensales. Tras los dos primeros, aquello se convierte pronto en un carrusel de políticos en polo de rayas viniendo a presentar sus respetos a los forasteros. De todos ellos debemos aceptar que nos sirvan o nos rellenen el vaso, casi siempre hasta que el licor te chorrea por los dedos. Es una ecuación exponencial sin salida. No hay forma de escapar, al terminar el vaso hay que mostrar el fondo al compañero de brindis para asegurar que, en señal de respeto mutuo, se ha apurado hasta la última gota. Cualquier estratagema es buena: disimuladamente dejar caer la mitad del vaso por debajo de la mesa, empapar una servilleta que por la bendita capilaridad es capaz de sacar la mitad del veneno a través de un sólo piquito sumergido, sonreír tras el brindis con el licor aún en la boca y luego soltarlo en el vaso en el que finjo beber té (ésta resulta ser la mejor de todas)… como veis todas técnicas descaradísimas a los ojos de un sobrio, pero espero que invisibles en los de un político borracho. Los largos discursos previos sobre eterna amistad dan una pequeña tregua en el ritmo etílico endemoniado y unos instantes preciosos para aplicar cualquiera de los trucos anteriores.

Pero hay que andarse con cuidado, también nosotros nos jugamos mucho en estos tragos de licor y el arte de manejarse por estos caminos borrosos no es nada fácil, sobre todo cuando se juega con profesionales con una técnica forjada en años y miles de millones de yuanes. En algunos de los brindis se prometen delante de nosotros grandes contratos, rondas a las que de repente no estamos invitados y de las que claramente nos dicen que no podemos participar si, confundidos, nos levantamos alegres para unirnos a ellos. Un tirón del brazo y un frío “sit down, not your responsability”, nos deja plantados con cara de póquer hasta el próximo brindis.


Los políticos despilfarran cantidades ingentes de dinero en grandes comilonas y borracheras. La situación ha llegado hasta tal punto que, según el “China Daily”, va a tratarse en el “parlamento” para intentar aprobar una ley que restrinja el pago de estas bacanales con dinero público. A juzgar por las cantidades que se pagan por algunos de los jugos más preciados, no parece descabellado pensar que la burbuja urbanística lleva de la mano una no menos explosiva alrededor de las bebidas que alicatan el bum inmobiliario. Un importante urbanista chino, WH, nos contaba que estamos ante uno de los mayores problemas de China y que la relación de algunos dirigentes con el alcohol empieza a tener una peligrosa influencia en la forma de las ciudades.


En la cena, los ritmos y los tiempos nos son extraños y desarman nuestra técnica de latinos encantadores. La comida ya esperaba en la mesa cuando llegamos al restaurante. Nos recibe un camarero sonriente que se encarga de que no falte de nada: dirige un pequeño ejército de camareros-hormiga, una tras otra va abriendo cajas doradas de las que saca botellas y botellas, de cuando en cuando mueve suavemente con los dedos la gran bandeja giratoria donde se amontonan los platos y hasta el final no deja nunca de pedir más y más comida. La reunión camuflada de banquete termina de forma abrupta, dejándonos con la palabra en la boca, cuando uno de los políticos dice “gracias” y se levanta de forma irreversible. El silencio que sobreviene se hace interminable y un poco amargo. 


Nada de largas sobremesas donde colocar algún tema olvidado. Tan sólo tenemos tiempo para encajar una última sonrisa forzada a destiempo. Durante la cena la mayor parte del tiempo se estuvo hablando de si en España había tal o cual comida, si comíamos esto o aquello, de quién era más gordo que quién o parecía más joven, sólo en frases entremetidas aparecían por sorpresa preguntas directísimas sobre nuestras intenciones profesionales, antes de volver inmediatamente a temas banales.

En cierto momento, nuestro socio local, ahora ya buen amigo también, se encarga de decirnos quién es cada cuál. Es necesario un guía fiel en este complejo entramado de relaciones, pues la gente interpreta papeles inesperados para nuestros ojos inexpertos. Es un protocolo envenenado. Los dos borrachos, que en un primer momento pensé que venían a montar jaleo, resultaron ser los dos políticos que veníamos a ver y el aplicado camarero jefe, uno de los hombres más influyentes de la ciudad.


Os quiere Marco Polo